Donde el sol y la lluvia se abrazan

Ahí tenéis el cuento de este mes. Espero que os guste.

—¿Te gustan estas? —dijo Emilia a su nieto, mientras señalaba un grupo de corazones rosados cubiertos de la mejor azúcar.
—Sí, abuela.
—Pues entonces nos llevamos también. —Cogió del mostrador una nueva bolsa de plástico y añadió una buena cantidad. Se acercó a la caja y entregó al dueño del local las diferentes chuches que llevaba, para que las pesara.
—Hoy hace buen día. —Dijo el propietario mientras pesaba y marcaba.
—A ver cuánto dura, para mañana dan lluvia —añadió Emilia amablemente.
—Aquí tiene. —Le acercó su compra mientras le preguntaba—: ¿Quiere bolsa?
—No, gracias. ¿Cuánto es?
—Cinco con veinte.
Después de pagar, Emilia se despidió con una sonrisa:
—¡Qué pase buen día!
—Igualmente, señora.
—Vamos, Alejandro —llamó a su nieto que estaba en un rincón de la tienda.
Alejandro era un niño vivaracho, inquieto y muy hablador. Extrañamente estuvo callado todo el trayecto hasta llegar a casa. Una vez allí, esperó a que su abuela sacara todas las chuches que había comprado. Fue dejando las pequeñas bolsas sobre la mesa del comedor de una en una, y entonces, Alejandro, a modo triunfal extrajo de uno de sus bolsillos una bolsa repleta de chuches.
—¡Mira, abuela! —exclamó mostrando su botín lleno de alegría —. Las he cogido mientras hablabas con el dueño, ninguno de los dos os habéis dado cuenta. ¡Jajaja!
—¡¿Qué has hecho qué?! —el desconcierto y el asombro invadieron a Emilia.
Alejandro cortó su risa en seco y quedó perplejo, esperaba una felicitación por su proeza y en cambio se encontró con una reprimenda.
—Ahora mismo vamos a la tienda a devolver eso y vas a pedir perdón —las palabras de Emilia sonaron con autoridad.
El niño se puso rojo y un hilito de voz salió de sus labios:
—¿Perdón?
—Sí, yo no quiero un nieto ladrón.
—No, abuela, no, por favor —suplicó.
—¿Te da vergüenza pedir perdón y no te da vergüenza robar? —Cogiendo su mano tiró de él—. Vamos.
Alejandro con la cabeza baja siguió a su abuela. Sentía cómo se le aflojaban las piernas. Deseaba que la tierra se abriera debajo de sus pies y se lo tragara. Al llegar a la tienda su vista se clavó en el suelo, intentó soltarse de la mano de su abuela, pero fue inútil, ésta le arrastró hasta el lugar donde estaba la caja. Devolviendo las chuches robadas contó al vendedor la hazaña de su nieto.
—Y ahora pide perdón —dijo Emilia con severidad.
La mirada de Alejandro seguía clavada en el suelo, como si quisiera hacer un hoyo en él. Su rostro tenía un intenso color granate, sus labios no se despegaban, ningún sonido salía de su garganta. El tiempo parecía haberse parado.
—Vamos… habla. —dijo su abuela sin volverse hacia él.
—Per… dón —por fin consiguió articular aquellas dos sílabas. Sonaron desafinadas, pero hicieron su efecto.
—No te preocupes, no lo hagas más —dijo el tendero, sin dar crédito a lo que estaba viendo.
Al salir de la tienda el rostro del pequeño comenzó a recuperar su color, siguió todo el trayecto con la cabeza baja y sin articular palabra.
—Ahora vamos a casa de Maribel y las chuches se las voy a dar a sus hijos, esa familia está pasando por apuros económicos, los niños lo agradecerán.
Al llegar a casa, Alejandro seguía cabizbajo, sin saber muy bien qué hacer ni a dónde dirigirse. Su abuela le dijo:
—Ven conmigo y vamos a hablar.
Se sentaron en el sofá y Alejandro se quedó a una corta distancia de su abuela. Ésta lo acercó hacia sí rodeándole con el brazo por encima de los hombros.
—Te voy a contar una historia:
»En un granja vivían dos ratones que eran amigos desde la infancia. Se llamaban Jim y John. Crecieron juntos, juntos fueron a la misma escuela. El amor que se tenían era conocido de todos. Jim era más pequeño, de complexión más débil y si alguien le molestaba pronto John salía en su defensa, pues era fuerte y de carácter enérgico, consiguiendo hacer respetar a su compañero. A su vez, era ayudado por Jim en las tareas escolares, pues éste era de una inteligencia vivaz, aventajando no sólo a su amigo John, sino a todos los de la clase. Se complementaban en todo, en los estudios, en los juegos y hasta en las campañas que proyectaba la comunidad de ratones para coger granos del almacén, frutos secos o hierbas del bosque cercano o cualquier otra cosa de la cocina. En especial el queso, claro —esta última frase la recalcó Emilia con un tonillo especial.
»Pues bien, pasaron los años y Jim fue nombrado jefe de un grupo de ratones en las expediciones para recolectar comida, pues debido a su talento organizaba operaciones con gran éxito, siendo la mejor la que coordinó en una ocasión teniendo que burlar al gato de los dueños de la granja. Ésta fue aplaudida con tal entusiasmo que John empezó a sentir envidia de su amigo. Se sentía desplazado, veía a Jim aureolado y muy lejos de él.
»Poco a poco los celos le dominaron totalmente. Contradecía sus órdenes delante de todos, minimizaba sus éxitos, protestaba sin cesar. Un día Jim reunió a su cuadrilla para explicarles su último plan.
»—Buenos días, camaradas. Los obreros ya están llenando el almacén de avena, como cada año. Tenemos que hacernos con ella sin ser vistos. He pensado que lo mejor es hacerlo de noche. Nos dividiremos en grupos de cuatro, tres se encargarán de coger la avena y uno de vigilar. Empezaremos esta misma noche que es luna llena y eso nos favorecerá.
»Todos aprobaron la idea. Aquella noche la recolección de avena fue un éxito, les invadió la alegría y se felicitaron mutuamente, siendo Jim el más elogiado. En el corazón de John creció el resquemor hacia su antiguo amigo. No fue a la siguiente expedición alegando que estaba indispuesto.
»Cuando sus compañeros estaban en plena tarea, se levantó sigiloso, salió de la madriguera sin hacer ruido y se dirigió a la cocina donde dormía el gato de la granja. Hizo ruido hasta conseguir despertarlo, cuando Duque lo vio —así se llamaba el gato— se abalanzó sobre él, John salió disparado por la gatera de la puerta que daba al patio. Duque marchó tras él, le vio cruzar el patio y dirigirse hacia la huerta. Una lluvia fina hizo presencia en aquella escena cuando nadie la esperaba. John corría en dirección al almacén, Duque le divisó, pero al instante las nubes se colocaron delante de la luna, lo que favoreció a John para esconderse en unos matorrales. Duque se acercó despacio, un ruido venido del almacén le hizo volver la cabeza. Una amplia sonrisa se dibujó en su cara al ver a varios de los roedores cargando afanosamente con montones de avena y olvidando su presa se lanzó sobre ellos.
»—¡Cuidado! —gritó Pepe, el ratón que se encontraba vigilando en ese momento—. ¡Alarma! ¡Alarma! ¡Viene Duque!
»Ya te puedes imaginar la agitación que se formó. Dejando la avena se precipitaron todos hacia la madriguera. Las gotas de agua que caían del cielo eran cada vez más intensas, lo que les benefició en su huida, pues corrían pegados a la pared del edificio, zona que se conservaba más seca, mientras que Duque tuvo que luchar con el barro, sus patas se hundían en él impidiéndole apresurar sus pasos.
»Llegaron sanos y salvos, pero se armó una algarabía en torno a Jim.
»—¿Cómo ha sucedido esto? Tú nos aseguraste que Duque estaba en la cocina y no salía nunca de noche —protestó uno de forma acalorada.
»—Nos has puesto en peligro —exclamó otro mientras escurría su ropa empapada.
»—No sé cómo ha podido suceder —dijo Jim apesadumbrado—. Vamos a descansar y mañana hablaremos de esto.
»Así lo hicieron. John oía esta conversación desde su cama, pues volvió a tiempo para acostarse y disimular su mala acción.
»A la mañana siguiente John salió a pasear. De repente se reflejó en una de las alfombras que había formado la lluvia la noche anterior, vio su rostro diferente, lleno de maldad y se asustó. Anduvo todo el día cabizbajo, reflexionando sobre lo ocurrido. Su envidia había llegado a tal extremo que había puesto en peligro no solo a Jim, sino al resto de sus compañeros. Aquellos pensamientos martilleaban su cabeza, le sumieron en una profunda tristeza, el miedo le impedía reconocer su error y pedir perdón.
»Una vieja ratona le observó durante un largo rato.
»—¿Qué te ocurre John? —le preguntó tras acercarse a él después de la comida.
»—Nada —fue la poco creíble respuesta de John.
»—Si es por el fracaso de la expedición de anoche, no te preocupes…
»—No tiene nada que ver — interrumpió John malhumorado.
»—¿Entonces? —La vieja ratona hizo una pausa. Buscó con su mirada los ojos de John, pero este se empeñaba en ocultarlos—. Quizás te aflija alguna culpa. Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que te incomoden. El bien es más poderoso que el mal, si has ofendido a alguien que te aprecia, estará deseando perdonarte. Solo tienes que dar el paso, te estará esperando.
»Jhon buscó a Jim y lo encontró sentado en la huerta mirando al cielo. Le contó todo lo ocurrido hecho un mar de lágrimas. Jim abrazó a su amigo y lo perdonó de corazón.
»—Deja de llorar y mira hacia arriba. — Jim señaló el arcoíris que cruzaba ufano la bóveda celeste—. Allí es donde el sol y la lluvia se abrazan.
»Así los dos ratones volvieron a ser amigos. Dios creó el arcoíris como señal de pacto con los hombres. Recuerda siempre Alejandro, que Dios nos quiere perdonar, está deseando que nos volvamos a Él y que siempre premia al que se arrepiente de corazón.
—Gracias, abuelita, nunca más lo volveré a hacer —dijo Alejandro con profundo arrepentimiento.
—¡Hola! Ya estoy aquí —sonó una voz desde la entrada del piso.
—Es mamá. —dijo Alejandro levantándose de un salto.
Al instante apareció su madre en la puerta del salón y abriendo los brazos exclamó:
—¡Hola, cariño! Dame un beso. ¿Qué tal te has portado hoy?
—Muy bien —dijo Emilia mientras Alejandro corría hacia su madre.
—¿No ha hecho ninguna travesura? —quiso saber la madre al recibir el beso requerido.
—Nada que no sea propio de su edad —añadió Emilia con una sonrisa.
—Pues mira lo que te traigo. —Sacando de su bolso un paquete de chuches se lo acercó a Alejandro.
Este con gran sorpresa lo cogió y se volvió a su abuela, quien le hizo un guiño cómplice recordándole que Dios premia a los que se arrepienten.

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